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DEL EXTERIOR AL INTERIOR ... REFLEXIONES SOBRE UNA PANDEMIA

Por: Arq. John Engelber Paez


Mal momento para toser

Estamos en medio de un tiempo histórico, de aquellos que solo se sueñan cuando comes mucho antes de dormir y que logran despertarte a mitad de la noche con sudor y agitación.

Para un enorme porcentaje de la población el mundo se ha cerrado, nos hemos regresado al cálido, y agotador interior del que tanto hemos huido, del que llevamos años escapando. La sociedad se divide, la pobreza se siente en los huesos, se ve en los pañuelos rojos de las ventanas, o se nota en los ojos de las familias cachacas con más estrato que dinero.

Los centros comerciales, cines, ciclovías, parques y restaurantes no son más que un recuerdo que imaginamos cubierto de ramas, enredaderas y muy posiblemente animales salvajes que revuelcan entre los platos viejos algo que comer, y si, las películas postapocalípticas se encargan de esa imagen.

La naturaleza nos ha mostrado con un grito alarmante que es la dueña, que solo somos seres acaparadores e invasores, y todo nuestro entorno nos ha obligado a cerrar las puertas, mirar por las ventanas de reojo y con tímida desconfianza a nuestros vecinos, aunque en el fondo, ahora si estemos interesados en cruzar unas palabras con ellos.

El exterior asusta, y aunque sabemos que sigue ahí, se ha convertido, en menos de un mes, en un fantasma.

De regreso al Sofá

Que pasa adentro, que nos aguarda en el interior; Acaso el sofá, los trastes, la cama sin tender nos cuentan una nueva historia y nos esperan con los brazos abiertos, ¿algo de todo eso nos obliga a reinventarnos?; son demasiadas preguntas, todas ellas retumban en redes sociales con el optimismo algo infantil de creer en nuevas sociedades, un tanto menos corruptas, o un poco más humanas; O con el pesimismo al que estamos acostumbrados en el tercer mundo, de pensar que no, nada va a cambiar.

Salimos de la universidad como arquitectos convencidos que crearíamos espacios mágicos, y gigantescos llenos de luz, donde la gente sonreiría y se vería perfecta como en nuestros renders. Pero el día a día, el limitado empleo y los lotes rectangulares de 4 x 8 M nos aterrizaron en la urbe moderna, costosa y estrecha. Nuestros hermosos renders resaltando el interior acogedor se enredaron en el camino, los planos rápidos y prácticos, sin alma y listos para convertirse en ladrillo son el día a día. La construcción económica y la norma remplazaron nuestra ensoñación.

Hablar de convivencia entre los estados físicos y mentales no es nada nuevo, la neuro arquitectura se ha encargado de estudiar dicha correlación, hace consciente la necesidad de diseñar para el individuo y para su bienestar emocional.

Ahora obligados volvemos a esos estrechos interiores, el apocalipsis psicológico no se parece al de Walking dead. Después de correr sin pensarlo a comprar todo el papel higiénico del supermercado, volvemos al hogar. El teletrabajo de algunos, los despidos de otros, o el entendimiento de que lo que creemos tener no es nuestro, sino del banco, nos ha llenado de miedo. No sabemos qué pasará, ni cuánto durará, la pequeña economía del día a día recorre todos los estratos, el del puesto de empanadas o el local en el Andino hace cuentas, recoge los ahorros, se reconsidera lo necesario. La elección es fácil, para que comprar Adidas, si se puede comprar un mercado. Para que pensar en playa si hay televisión.

Los interiores lo son todo, el sol no llegara al rostro de quienes podemos o estamos obligados a estar en cuarentena. El mundo se ha detenido casi en su totalidad, las calles vacías reestructuran el espacio. Y el sofá se convirtió en nuestro destino turístico. ¿Estamos listos para ello? Muy probablemente el espacio interior ha sido aplazado; para que cambiar el sofá si nunca estoy, odio las cortinas, Para que mejorar la cocina si en el centro comercial hay una plazoleta con variedad y sin esfuerzo.

Mirando desde la ventana

Los pequeños apartamentos se hacen más pequeños, la luz en las ventanas se hace más importante. Las zonas comunes, pequeñas o grandes se convierten en más que espacios de tránsito. Y el ensimismado mundo de las pantallas de tv y celular lo son todo, por ahí vemos gente, por ahí nos expresamos por ahí nos comunicamos, el hombre ha dejado de ser un «habitante de las ciudades»; como lo diría Bachelard en su poética del espacio.

Como debemos los arquitectos responder a este llamado, ¿tendremos que hacernos un poco más Romanos y menos griegos, abandonaremos la plazoleta representada en el centro comercial?, o redescubrimos como en la universidad que los espacios no se miden por metros cuadrados sino por emociones.

Es aun osado y totalmente especulativo entender la dimensión económica, social e incluso arquitectónica de la pandemia. Pero si es importante entender que tenemos que estar ahí, hacer parte de una reconstrucción que, aunque no es física como al final de una guerra, si es psicológica, y que impacta la base misma de nuestra sociedad.

La importancia de los espacios verdes, de la luz, del interior cálido se ha hecho sentir, y así como podemos ver a familias felices, haciendo ejercicio y publicando videos de tik tok. También hay mucho sufrimiento, la brecha se hará más visible, y se sentirá al despertar y salir a la calle con los ojos encandilados y lagrimosos.

La vía seguirá de 6 metros, pero se verá gigante y nuestra relación del exterior e interior será diferente, así sea en una pequeña escala. Ahorraremos más sabiamente y sabiendo que podemos sobrevivir con menos, reorganizaremos nuestras prioridades ya que el bienestar de los propios es primero. O si quiera eso quiero pensar, que una pequeña semilla quedará.

Quiero creer también que pensaremos un poco mejor nuestro sofá, lo haremos más cómodo y que las áreas verdes se verán mejor desde la ventana, que tendremos la posibilidad, si la corrupción nos deja, de pensar ciudades más amables para todos; que el baño necesita más luz, la cocina no es solo para tinto, y sobre todo, que al calor del hogar y con la familia podemos pensar en un futuro más grande, más cálido, que en el interior podemos jugar, reír y amar.

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